Una proposta per la rinascita del paese, stretto tra Grecia, Portogallo, Spagna, calciopoli, mafiopoli, politica e antipolitica, articoli 18, anarchici informali incazzati, montiani in maglioncino, elettori e astensionisti, politici da una vita politici a vita e non politici, gente che ignora cosa sia la politica,
suicidi (vedi penultimo post) e disperazione, volontà di lottare. Come sempre siamo alle prese
con contraddizioni, per alcuni sono il sale della vita; dico io, se almeno fossero contraddizioni e
contrapposizioni tra persone/parti che hanno chiaro il senso/valore delle loro posizioni.
Il contributo sotto è stato scritto da Luca (ex Wu Ming 3) e per chi volesse lo trova sul sito
www.wumingfoundation.com, dove è stato pubblicato qualche tempo fa.
Per leggerlo più proficuamente, consiglio una piccola ricerca sull'attualità dell'articolo 18
oggi in Italia, sulle ricette per la crescita proposte dai vari ministri italiani, a destra e a
sinistra, negli ultimi tempi.
Vinicio
Le cose non vanno bene.
Il governo Monti sbaglia. Fa troppo poco. Ci vuole più coraggio.
Non cresciamo. E’ un fatto drammatico. Per ottenere la crescita bisogna favorire la crescita.
Solo incentivando la crescita possiamo raggiungere gli obiettivi che tutti auspichiamo: ottenere una crescita solida e duratura.
Dobbiamo crescere. Non possiamo andare avanti a palliativi, a mezze
misure. Non possiamo permetterci altri costosi tabù. Dobbiamo attirare
gli investimenti stranieri. Ce lo chiede l’Europa. Lo dobbiamo ai
giovani. I mercati ci guardano.
Per la Crescita serve il C.U.L.O.
Il Contratto Unico Libero da Oneri è il nostro
passepartout per la crescita. Ci porterà le imprese da ogni angolo del
pianeta. Vinceremo la sfida della globalizzazione. Otterremo la
Crescita. Una crescita esagerata.
Il C.U.L.O. è un contratto biennale rivolto a giovani e meno giovani,
alle donne, ai disoccupati o inoccupati. Nei due anni previsti, gli
assunti non percepiranno un salario, ma un punteggio che consentirà
loro, una volta giunti alla scadenza, di scalare posizioni nelle liste
per eventuali impieghi futuri. Di certo non è cosa da poco. Se
consideriamo che si trattava in ogni caso di soggetti già privi di
reddito, è del tutto evidente il carattere vantaggioso che una tale
soluzione offre a tutti.
Questa è una Rivoluzione.
Grazie al C.U.L.O. avremo la Crescita eterna.
Il made in italy non morirà mai.
Firma anche tu per dare il C.U.L.O. al Paese.
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segunda-feira, 14 de maio de 2012
quarta-feira, 18 de abril de 2012
Antonio Tabucchi. Il professore che sorrideva sempre.
Ecco a voi un articolo fresco fresco, apparso sullo spagnolo El Pais, su Antonio Tabucchi, eccellenza italiana, ergo cervello in fuga, innamorato del Portogallo, di Pessoa, autore dell'indimenticabile Sostiene Pereira e di La gastrite di Platone (sul ruolo dell'intellettuale). Morto recentemente, purtroppo. Patricia R. Blando lo ricorda così:
“Bienvenidos a literatura portuguesa y brasileña”. Antonio Tabucchi
acababa de abrir la puerta de una de las clases de la Facultad de Letras
de la Universidad de Siena. Era el 15 de marzo de 2004. El autor de Sostiene Pereira,
el primer libro que leí en italiano años antes de estudiar en la ciudad
toscana, se sentó sobre la mesa destinada al profesor. Vestía su eterna
chaqueta negra, que nunca dejó de lucir en los cuatro meses que duró el
curso. Y su enigmática sonrisa y su gesto dulce. Era Tabucchi, el
maestro, que nos hizo olvidar desde el primer día que su nombre
abarrotaba las librerías italianas.
Solo un puñado de estudiantes acudíamos a sus clases. Ningún cartel anunciaba su curso en las paredes de la facultad, como había imaginado que sucedería cuando lo descubrí en el elenco de materias de literatura que ofertaba la universidad. Y salvo cuatro españoles, que nos inscribimos en su clase por tratarse de Tabucchi, para el resto de estudiantes era una asignatura más de la carrera.
Tabucchi empezó hablando de Fernando Pessoa. Y nunca dejó de hablar de él en cuatro meses. “Hasta su muerte vivió con tres personajes: Ricardo Reig, Álvaro de Campos y Bernardo Soares”, escribo en la primera hoja del cuaderno que utilicé en sus clases y que ayer rescaté al conocer la noticia de su muerte. Eran tres de los heterónimos del escritor portugués -“Soares es más bien un semiheterónimo”, aclaró-. Los definía como “los otros de Pessoa” y elogiaba con entusiasmo la capacidad del escritor portugués “para escribir como si fuera otro autor”, con otro estilo, “del clasicismo más bucólico al futurismo más extremo”.
Aunque Bernardo Soares, el protagonista del Libro del desasosiego, era sin duda su preferido. Para Tabucchi era “el libro de la vida de Pessoa”, “el libro de las cosas pequeñas, más banales y que, sin embargo, son las más importantes”. Y lamentaba profundamente no haber encontrado un término italiano para la palabra “desasosiego”. Él, que era el traductor de Pessoa en Italia, tuvo que conformarse con Il libro dell’Inquietudine (El libro de la inquietud), que, según confesó, no significaba exactamente “desasosiego”. Quizás por ello, se esforzó en su primera lección sobre Soares en explicar qué quería decir “desasosiego”, como contraposición a “tranquilidad y quietud”.
Pero Tabucchi adoraba también las clases prácticas y el análisis literario. Fue el poema de Jesucristo niño, de Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa, el primero que nos propuso. Con un suave y sosegado acento florentino, Tabucchi leía la poesía del niño Jesús que descendió a la tierra porque “se había escapado del cielo”. “Me lo ha enseñado todo / me ha enseñado a mirar las cosas / me señala lo que hay en las flores / me muestra la belleza de las piedras […] / Me habla muy mal de Dios / dice que es un viejo estúpido y enfermo que siempre escupe en el suelo”, recitaba Tabucchi.
También leíamos los alumnos. Y corregía en ocasiones la pronunciación en portugués. Nunca nos examinó, dejó los exámenes en manos de su asistente. Y nunca habló de sus propios libros, ni siquiera de Tristano Muore, que se acababa de publicar cuando comenzó el curso. Era el Tabucchi maestro, que respondía con una sonrisa a los saludos en los pasillos de la facultad.
Solo un puñado de estudiantes acudíamos a sus clases. Ningún cartel anunciaba su curso en las paredes de la facultad, como había imaginado que sucedería cuando lo descubrí en el elenco de materias de literatura que ofertaba la universidad. Y salvo cuatro españoles, que nos inscribimos en su clase por tratarse de Tabucchi, para el resto de estudiantes era una asignatura más de la carrera.
Tabucchi empezó hablando de Fernando Pessoa. Y nunca dejó de hablar de él en cuatro meses. “Hasta su muerte vivió con tres personajes: Ricardo Reig, Álvaro de Campos y Bernardo Soares”, escribo en la primera hoja del cuaderno que utilicé en sus clases y que ayer rescaté al conocer la noticia de su muerte. Eran tres de los heterónimos del escritor portugués -“Soares es más bien un semiheterónimo”, aclaró-. Los definía como “los otros de Pessoa” y elogiaba con entusiasmo la capacidad del escritor portugués “para escribir como si fuera otro autor”, con otro estilo, “del clasicismo más bucólico al futurismo más extremo”.
Aunque Bernardo Soares, el protagonista del Libro del desasosiego, era sin duda su preferido. Para Tabucchi era “el libro de la vida de Pessoa”, “el libro de las cosas pequeñas, más banales y que, sin embargo, son las más importantes”. Y lamentaba profundamente no haber encontrado un término italiano para la palabra “desasosiego”. Él, que era el traductor de Pessoa en Italia, tuvo que conformarse con Il libro dell’Inquietudine (El libro de la inquietud), que, según confesó, no significaba exactamente “desasosiego”. Quizás por ello, se esforzó en su primera lección sobre Soares en explicar qué quería decir “desasosiego”, como contraposición a “tranquilidad y quietud”.
Pero Tabucchi adoraba también las clases prácticas y el análisis literario. Fue el poema de Jesucristo niño, de Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa, el primero que nos propuso. Con un suave y sosegado acento florentino, Tabucchi leía la poesía del niño Jesús que descendió a la tierra porque “se había escapado del cielo”. “Me lo ha enseñado todo / me ha enseñado a mirar las cosas / me señala lo que hay en las flores / me muestra la belleza de las piedras […] / Me habla muy mal de Dios / dice que es un viejo estúpido y enfermo que siempre escupe en el suelo”, recitaba Tabucchi.
También leíamos los alumnos. Y corregía en ocasiones la pronunciación en portugués. Nunca nos examinó, dejó los exámenes en manos de su asistente. Y nunca habló de sus propios libros, ni siquiera de Tristano Muore, que se acababa de publicar cuando comenzó el curso. Era el Tabucchi maestro, que respondía con una sonrisa a los saludos en los pasillos de la facultad.
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